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viernes, 26 de septiembre de 2014

ANIMISMO - PATRICK HARPUR


Todas las sociedades tradicionales reconocen el Anima Mundi. Puede que no tengan un concepto para ello (el mana que menciona Jung es la excepción más que la regla), pero lo conocen directamente a través de cada gran sueño, encuentro daimónico y epifanía. Este sentido de anima en la naturaleza, vibrante de vida, se denomina peyorativamente “animismo” en la cultura occidental, que desde hace mucho tiempo ha vaciado a la naturaleza de alma y la ha reducido a una materia muerta que obedece leyes mecánicas. La palabra “animismo”, en efecto, desacredita lo que pretende describir. Pero, para las culturas que describimos como animistas, no existe tal cosa como el animismo; solo existe una naturaleza que se presenta en toda su inmediatez preñada de dáimones. Hay genios de bosque y de montaña, númenes de árboles y arroyos, demonios en cuevas y espíritus junto al mar. Todos estos pobladores de lo salvaje cuentan con sus homólogos dentro de los límites de lo habitado, desde los ancestros a los más íntimos dioses domésticos. Ningún aspecto de la vida cotidiana carece de su daimon soberano, al que hay que considerar su parte y ración si se quieren evitar los problemas. “Todas las cosas”, como señalaba Proclo, “están llenas de dioses.”

Fuera del recinto sagrado –el temenos- del pueblo, los lugares sagrados albergaban a dáimones que, como es natural, prefieren unos sitios a otros, un cierto árbol por aquí o una roca por allá. Dentro, santuarios realizados por el hombre –hogares, tumbas, templos…- hospedaban a dioses domésticos y espíritus ancestrales. Y es que los dáimones necesitan atenciones. Las luces suspendidas sobre los túmulos o círculos de piedra, las que se elevan de las tumbas sagradas o los pozos santos, son señales de lugares daimónicos. Los ovnis levitan sobre bases militares, centrales eléctricas y embalses porque éstos son los santuarios de nuestra moderna cultura secular, cuyas inquietudes tecnológicas quedan reflejadas en la misteriosa exhibición de una “nave espacial” alienígena de alta tecnología. 

Los lugares donde se registra una alta incidencia de ovnis se llaman “ventanas”. No es un mal nombre para un lugar sagrado, pues sugiere una mayor transparencia entre la realidad daimónica y la ordinaria. Los dáimones prefieren especialmente los límites, o lo que el antropólogo Victor Turner llamaba “zonas liminales” (“umbrales”). Éstas pueden estar dentro de nosotros (entre la vigilia y el sueño o la conciencia y la inconsciencia) o fuera (cruces de caminos, puentes y orillas). O pueden referirse a momentos determinados, entre el día y la noche, a medianoche, en el cambio de año… Campings de caravanas o aparcamientos de camiones a menudo son especialmente frecuentados por ovnis o por criaturas extrañas, tal vez porque están liminalmente situados entre el campo y la ciudad, entre lo habitado y lo salvaje. En cualquier caso, todo el mundo conoce algún lugar hechizado, ya sea designado públicamente o solo en privado. En ellos, las leyes del tiempo y espacio, de materia y causalidad, parecen atenuadas; y por un instante alcanzamos a vislumbrar un orden de cosas oculto.

Tomado de "Realidad Daimónica - Patrick Harpur"

jueves, 25 de septiembre de 2014

EL ALMA DEL MUNDO - PATRICK HARPUR


Los neoplatónicos describían el mundo intermedio de dios y dáimones como Anima Mundi, el Alma del Mundo. Lo infirieron de Platón, que imaginó un alma del mundo infundida por el Demiurgo (su dios-creador) a lo largo del cuerpo del mundo, convirtiéndolo en una criatura viviente. Así pervive este modelo mítico o metáfora raíz detrás de las modernas inquietudes ecológicas, que dibujan el mundo como un organismo o lo personifican como una diosa semejante a Gaia. 

También es directamente análoga al inconsciente colectivo de Jung, y parte él mismo de la tradición filosófica que pretende explicar. Jung visitó el Alma del Mundo con un nuevo atuendo, más científico. Puesto que ni el Alma del Mundo ni el inconsciente colectivo pueden ser conocidos en sí mismos, tal vez sería mejor decir que son metáforas el uno del otro. Son como un espejo, vacío en sí pero que lo refleja todo. Son como vastos almacenes de imágenes que no existen al margen de las imágenes que contienen. 

De hecho, las imágenes no están en ellos, sino que son ellos. “La imagen es la psique” dijo Jung; y por eso no podemos decir qué es el alma, sino solo cómo es, pues entre sus imágenes hay imágenes de sí misma, que incluyen conceptos como los de Anima Mundi e inconsciente colectivo. En muchos aspectos, estos conceptos abstractos hacen menos justicia a la realidad que imágenes concretas como la de un espejo o la de un almacén. W. B Yeats pensaba en el Anima Mundi “como un gran estanque o jardín donde agita el don de sus brotes como una gran planta acuática o con frecuencia echa ramas en el aire”. Pero ésta es tal vez una imagen demasiado dócil para el Anima Mundi. Jung la solía comparar con el mar, una imagen que aparece por igual en sueños individuales y mitos primitivos, donde el océano es representado a menudo como un universo-espejo que contiene réplicas o reflejos de cuanto hay en la Tierra. Lo cierto es que, al final de su autobiografía, reconoció que “inconsciente” tal vez fuera un término demasiado neutral y racional, que podría sustituirse por mana, daimon o Dios.

En la alquimia encontró quizá la representación más sofisticada del alma del mundo: Mercurio, que personificaba tanto un dinámico espíritu inmanente en la materia como el propio inconsciente colectivo. La figura mitológica de Proteo, una imagen predilecta del Renacimiento, representaba una combinación de la imagen del mar y la personificación: como vástago daimónico del dios del mar Poseidón, Proteo es el que cambia de forma par excellence: siempre es él mismo, pero siempre aparece como otra cosa. 

Cunado Jung hablaba de “imágenes”, es obvio que se refería sobre todo a las imágenes arquetípicas que nos encontramos como dáimones y dioses. No debemos dejarnos engañar con la palabra “imagen” y considerarlas como algo irreal. Al contrario, deberíamos abordarlas del modo en que Jung abordaba a dáimones como su Filemón: "como si fueran personas reales” a quienes él “escuchaba atentamente”. Observemos que no las trataba como reales literalmente, como nosotros tratamos (equivocadamente) las alucinaciones o (correctamente) a las personas de la calle. No las trataba como “extraterrestres”. Ni las trataba como partes de sí mismo, ilusiones o meras proyecciones. Las trataba como seres metafóricos, como si fueran personas reales. Y es esta realidad metafórica, tan real (si no más) como la realidad literal –tan real como Filemón-, lo que él llamaba “realidad psíquica”. Con el fin de suprimir el matiz de subjetividad que se otorga popularmente a la palabra “psíquica”, la llamaré realidad daimónica.

La ventaja del Anima Mundi frente al inconsciente colectivo como metáfora raíz para la realidad daimónica es que nos devuelve a la idea de alma, con todas sus connotaciones religiosas, en lugar de psique, que ha perdido dichas connotaciones en manos de casi todo el mundo excepto Jung. Además, no sugiere, como hace el “inconsciente”, un mundo dentro de nosotros fácilmente reducido a “mera psicología”, sino que reintroduce la idea de un mundo objetivo. Y dotado del alma “ahí fuera”.

“Si todas nuestras imágenes mentales, no menos que las apariciones (y no veo ningún motivo para diferenciarlas)”, escribió Yeats, “son formas que existen en el vehículo general del Anima Mundi, reflejadas en nuestro vehículo particular, muchas cosas torcidas se enderezan.” Desde nuestro punto de vista, el alma es un microcosmos, un “pequeño mundo” en sí mismo que incluye un nivel colectivo profundo o alma del mundo donde se reúnen las almas de todos los individuos. Desde el punto de vista del alma del mundo, es un macrocosmos, un mundo impersonal completo, que paradójicamente puede manifestarse de una manera personal: como almas humanas individuales. Jung entendía que si penetramos lo bastante hondo en nosotros mismos, por así decirlo, el inconsciente se vuelve hacia fuera: “en el fondo”, la psique es simplemente “el mundo”.

Tomado de "Realidad Daimónica - Patrick Harpur"

miércoles, 24 de septiembre de 2014

COMPLEJOS, ARQUETIPOS Y MITOS - PATRICK HARPUR



En su obra más temprana Jung habría llamado a los dáimones (1) personales “complejos”, esa parte del inconsciente de sus pacientes que, habiendo sido negada o reprimida, tiende a escindirse y adquiere una semiautonomía, como nos encontramos en los casos de “desorden de personalidad múltiple”. Estos fragmentos psíquicos son como personalidades por derecho propio, con su propia voz. El objetivo de la psicoterapia era (a grandes rasgos) rastrear la causa de la escisión en el historial del paciente y traerla a la conciencia para que el fragmento o complejo pudiera reintegrarse y así dejar de hacerse notar a través de síntomas indeseables. Estrictamente hablando, nosotros no tenemos complejos, sino que ellos nos tienen a nosotros. Nosotros somos impotentes en manos de las obsesiones, compulsiones, fijaciones, aversiones y demás.

Pero incluso cuando los complejos se han desenredado muestran contenidos que no pertenecen a la historia personal…, contenidos que apuntan hacia abajo, por así decirlo, hacia el mundo impersonal de los arquetipos. Aquí encontramos dáimones en cuyas manos somos igualmente impotentes, ya no en el sentido neurótico, sino en el de estar empujados por el destino, llamados por un dios.

El gran logro de Jung fue no seguir la tradición filosófica occidental al uso traduciendo siempre imágenes y personificaciones en conceptos y abstracciones del pensamiento. En lugar de eso, permaneció fiel a las imágenes mismas, reteniendo se naturaleza personificada como, por ejemplo, Sombra, Héroe, Anima, Gran Madre, etc. (Y aquí debo subrayar que no empleo la palabra personificación en el sentido antropomórfico habitual, implicando que creamos a los dioses y dáimones a nuestra propia imagen o que son nuestras proyecciones. Al contrario, la aparición de dioses y dáimones precede al concepto de personificación. Nosotros no personificamos; más bien, los dáimones llegan como personas.)

Además, Jung reconoció en la naturaleza del ego –el sentido del “yo”- lo que nos engaña induciéndonos a creer que somos una sola personalidad unificada. Porque, en realidad, la psique se compone de varias personalidades diferentes, cada una con sus propias demandas, que el ego se ve conducido a ignorar, subordinar o aniquilar. Por eso Jung quería desplazar el centro de la personalidad desde el ego hacia el sí-mismo, que él concebía como un complexio oppositorum, un complejo de opuestos en el que nuestras personalidades distintas y opuestas podrían acomodarse armónicamente, alcanzando una co-inherencia como una especie de paradójica multiplicidad-en-la-unidad. 

Jung otorgó una relativa autonomía a los complejos llamándolos “Gente pequeña”. Vio que remitían a los arquetipos como los dáimones remitían a (y derivaban hacia) los dioses. No es ésta una relación estática sino dinámica, que forma modelos arquetípicos: acciones narrativas a las que llamamos mitos.

Freud reconoció que nuestras ideas y acciones se ajustan a determinados arquetipos y motivos mitológicos, pero tendía a reducir a éstos a solo unos pocos, como el mito de Edipo. Jung, por su parte, vio que, en lo hondo del inconsciente colectivo, todos los mitos gozaban de buena salud, viviendo sus propias vidas. La influencia encubierta que ejercen sobre nosotros sale a veces a la superficie espontáneamente, como en los pacientes psicóticos a los que se descubrió representando algún mito arcano del que no podían tener ningún conocimiento consciente. O bien hombres y mujeres de visión y autoconocimiento excepcional pueden adquirir consciencia del mito que están viviendo, al igual que Jung era consciente de estar reproduciendo en su obra el antiguo proceso de la alquimia, no química sino psicológicamente. 

En otras palabras, “la mitología es psicología antigua, y la psicología es mitología reiciente.” Y para la cultura occidental desde el Renacimiento, mitología significa la mitología griega o grecorromana. No es que Jung ignorase otras mitologías; de hecho, la recurrencia de motivos perturbadores, sacados de los mitos germánicos, que detectó en las psiques inconscientes de sus pacientes alemanes le permitió vaticinar, ya que en los años veinte, el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Pero, en su mayor parte, es la incomparablemente sutil, detallada y elaborada mitología de los antiguos griegos la que proporciona la guía más solvente en la vida profunda de la psique colectiva.

Y así es como debemos revisar, o incluso invertir, nuestra visión de los mitos, igual que tuvimos que revisar nuestra visión de los sueños. En lugar de verlos como relatos arcaicos e invenciones primitivas, debemos verlos como la encarnación de verdades psicológicas, historias arquetípicas que nos hablan de una forma simbólica y poética sobre cómo somos realmente. Incluso hay mitos, como veremos, que prefiguran la negación del mito en sí. Son historias verdaderas, que describen acontecimientos que nunca ocurrieron en la historia pero que tuvieron lugar, igual que lo siguen teniendo, en el reino intemporal del inconsciente colectivo. Si sus protagonistas, los dioses y dáimones, cambian de forma –apareciendo, pongamos, como alienígenas de otros planetas-, es solo que se han hecho un nuevo traje para adaptarse a los tiempos. 

Notas
(1) Toda clase de seres que se encuentran en el mundo intermedio entre el físico y el arquetípico. Toda clase de espíritus como los conocían los neoplatónicos.

Tomado de "Realidad Daimónica - Patrick Harpur"

martes, 23 de septiembre de 2014

LOS DÁIMONES DE PLATÓN - PATRICK HARPUR


Las grandes autoridades en el mundo intermedio de la realidad psíquica fueron los neoplatónicos, que florecieron desde mediados del siglo III a.C hasta mediados del VI. Siguiendo el diálogo más místico de Platón, el Timeo, llamaron a la región intermedia el Alma del Mundo, comúnmente conocida en latín como Anima Mundi. Así como el alma humana mediaba entre el cuerpo y el espíritu, el alma del mundo mediaba entre el cuerpo y el espíritu, el alma del mundo mediaba entre el Uno (que, como Dios, era el origen trascendente de todas las cosas) y el mundo material y sensorial. Los agentes de esta mediación recibían el nombre de dáimones (a veces escrito daemones); éstos, se decía, poblaban el Alma del Mundo y proporcionaban la conexión entre los dioses y los hombres.

Más tarde la cristiandad declaró injustamente a los dáimones demonios. Pero originariamente eran solo los seres que abundaban en los mitos y el folclore, desde las ninfas, los sátiros, los faunos, o las dríadas de los griegos, hasta los elfos, gnomos, trols, jinn, etc. Por ello, denomino a todas las figuras de las apariciones, incluidos nuestros alienígenas y seres feéricos, con el nombre genérico de dáimones.

Los dáimones eran esenciales para la tradición de la filosofía gnóstico-hermético-neoplatónica, que era más como una psicología (en el sentido junguiano) o una disciplina mística que como los ejercicios de lógica en que se convirtió la filosofía. Pero los dáimones del mito evolucionaron hacia un tipo más ajustado a estas filosofías, ya fueran ángeles, almas, arcontes, tronos, potestades, muchos de los cuales se infiltraron luego en el cristianismo. Siempre flexibles, los dáimones cambiaban de forma para adaptarse a los tiempos, transformándose incluso en abstracciones si era necesario (las hénadas neoplatónicas, por ejemplo), aunque prefiriendo, dentro de lo posible, permanecer como personificaciones. El elenco de personajes arquetípicos de Jung –sombra, animal/animus, Gran Madre, Anciano Sabio- lo coloca sólidamente en esta tradición.

Nunca del todo divinos ni del todo humanos, los dáimones emergieron del Alma del Mundo. No eran espirituales ni físicos, sino las dos cosas. Tampoco eran, tal como Jung descubrió, enteramente internos ni externos, sino ambos. Eran seres paradójicos, buenos y malos, benéficos y temibles, guías y censores, protectores y exasperantes. La Diotima de Platón los describe en el Banquete, un diálogo consagrado al más ignorado de todos los temas por la filosofía moderna: el amor.

“Todo lo daimónico es un intermedio entre dios y mortal. Interpretando y transmitiendo los deseos de los hombres a los dioses y los deseos de los dioses a los hombres, permanece entre ambos y llena el vacío (…). Un dios no tiene contacto con los hombres; solo a través de lo daimónico se dan el trato y la conversación entre hombres y dioses, ya sea en estado de vigilia o durante el sueño. Y el hombre experto en semejante relación es un hombre daimónico…”

En términos jungianos, los dáimones son imágenes arquetípicas que, en el proceso de individuación, nos conducen hacia los arquetipos (dioses) mismos. No necesitan transmitir mensajes, pues ellos son en sí el mensaje. Los griegos comprendieron desde una época temprana que los dáimones podían ser psicológicos, en el sentido junguiano. Atribuían a los dáimones “esos impulsos irracionales que se alzan en un hombre contra su voluntad para tentarlo, como la esperanza o el miedo”. Los dáimones de la pasión o los celos y el odio todavía nos poseen, como han hecho siempre, haciendo que nos lamentemos tristemente: “No sé lo que me pasó. Estaba fuera de mí.” Pero, auque la actividad daimónica es más fácil de detectar en el comportamiento obsesivo e irracional, siempre está trabajando silenciosamente entre bastidores. Nuestra tarea es identificar los dáimones que hay detrás de nuestras necesidades y deseos más profundos, de nuestros proyectos e ideologías, pues como hemos visto, éstos siempre tienen una implicación religiosa, yendo y viniendo del ser divino y arquetípico. No debemos ignorarlos, porque como dice Plutarco, aquel que niega los dáimones rompe la cadena que una al mundo con Dios.

Tomado de "Realidad Daimónica - Patrick Harpur"

REALIDAD PSÍQUICA - PATRICK HARPUR


Jung sostenía una cosmovisión que hacía inteligibles las apariciones. La descubrió empíricamente examinando los sueños y fantasías de sus pacientes, que le llevaron a desvelar un profundo nivel colectivo del inconsciente con un contenido de imágenes arquetípicas que vivían una vida objetiva independiente. Como es natural, buscó algún equivalente de su idea, y fue a encontrarlo, quién iba a decirlo, en la alquimia. Lejos de ser tan solo una forma primitiva de la química, la alquimia resultó ser un complejo sistema ritual de autoiniciación; toda una “ciencia del alma”, de hecho. 

Leyó en un texto alquímico la siguiente observación, hecha de pasada, que decía que “el alma solo está confinada al cuerpo parcialmente, al igual que Dios está solo parcialmente confinado al cuerpo del mundo." Esto confirmaba su propia conclusión, según la cual “la psique es solo parcialmente idéntica a nuestro ser empírico consciente; en cuanto al resto, se proyecta y en este estado imagina o representa las cosas que el cuerpo no puede captar…”. Aquí, la naturaleza objetiva de la psique quedó firmemente establecida. Pero Jung se sigue aferrando a la interioridad fundamental de la psique, cuyas manifestaciones externas solo serían proyecciones. Para cuando sale su obra magna –Mysterium Coniunctionis (1955 – 1956)- incluso esta convicción se ha visto sacudida. “Puede que sea un prejuicio”, reflexiona Jung, “restringir la psique a estar “en el interior del cuerpo”. En la medida en que la psique tiene un aspecto no espacial, puede haber psique “fuera-del-cuerpo”, en una región tan absolutamente distinta de la esfera de “mi” psique que uno tenga que salir de sí mismo (…) para llegar allí.”

Jung se imaginaba esta región como un “territorio ajeno exterior al ego”, como aquellos en los que creen los pueblos tribales; todo un mundo, invisible pero presente en éste, que estaba habitado por los espíritus de los ancestros y por espíritus que pertenecían a ese mundo (y que nunca se habían encarnado). Por supuesto, también podía percibirse como un mundo “psíquico interior”, como un mundo en miniatura. En otras palabras, Jung ya no pensaba tanto en términos de dos mundos, en interior y otro exterior, sino en términos de dos aspectos del mismo mundo: un microcosmos y un macrocosmos. Jung llamó a este mundo realidad psíquica.

Para nosotros es difícil captar la realidad psíquica porque nuestra cosmovisión ha sido obstinadamente dualista durante largo tiempo. El dualismo cuajó a principios del siglo XVII con el nuevo empirismo de Francis Bacon y la filosofía de René Descartes, que dividió firmemente el mundo entre mente (sujeto) y extensión (objeto). Pero el trabajo de base para tal distinción se había establecido, siglos antes, en el Concilio Eclesiástico de 869, que decretaba dogmáticamente que el hombre está compuesto de dos partes, cuerpo y espíritu. El tercer componente –alma- estaba contenido en el espíritu, y así se perdió una distinción esencial. Pues es precisamente al alma (psykhé en griego, anima en latín) a lo que se remite la realidad psíquica: un mundo intermedio, entre lo físico y lo espiritual, que participa de ambos.

Con el advenimiento del cristianismo en el mundo, la creencia en la realidad psíquica se derribó. Filemón era el antepasado espiritual de Jung.

Tomado de "Realidad Daimónica - Patrick Harpur"

LA VISIÓN CRISTIANO CIENTÍFICA (DE LAS APARICIONES) - PATRICK HARPUR


Este artículo es una crítica de Patrick Harpur a la forma de percibir las apariciones por los cristianos y científicos, cuyo paradigma no deja observar la realidad como tal. Da algunas pautas de cómo liberarse del veneno cultural de estos dos paradigmas.

“Resulta divertido e interesante establecer distinciones entre diferentes tipos de seres feéricos (1) y entre, pongamos, seres feéricos y alienígenas. Pero una clasificación formal no es posible ni, creo yo, deseable. La clasificación presupone un tipo de pensamiento que no es aplicable al mundo visionario o de las apariciones. Y, además, las propias apariciones se resisten a ello. En cuanto se les atribuye una característica, viene otra a contradecirla. Así pues, en lugar de constreñir las apariciones a una u otra categoría, es más sensato dejar que tomen ellas la iniciativa para saber cómo debemos verlas. Esto significa modificar nuestro punto de vista, que, explícita o implícitamente, ha sido modelado por el cristianismo y, más recientemente, por la ciencia. 

El cristianismo no consiente las hadas, ni los alienígenas o similares. Sus dirigentes apenas pueden tolerar las visiones acreditadas de la Virgen María. En conjunto, el cristianismo desearía que las apariciones se esfumaran. Si no lo hacen, se ve inducido a afirmar que son obra del diablo. La ciencia las ignora por completo. Las apariciones y las visiones, contrariamente a lo que creen, por ejemplo, la mayoría de los ufólogos, tienen poco que ver con la ciencia. A pesar de todos los esfuerzos de pseudocientíficos como los parapsicólogos para demostrar su existencia, seguirán siendo (como casi todas las cosas en la vida) rumores, habladurías, anécdotas, historias y experiencias privadas. Siempre habrá abundantes historias sobre pruebas –afirmaciones de que hadas y alienígenas han sido atrapados, disparados, fotografiados o lo que sea-, pero no nunca existirá una prueba inequívoca en sí misma. Y, aun así, la prueba no demuestra nada. Nadie que haya visto o sentido toda la fuerza de una aparición pide pruebas, y si trata de desmotrárselo a otros es solo porque se siente obligado a hacerlo, al tenor científico de nuestro tiempo. 

Si la ciencia se conformara con ignorar las apariciones, todo estará bien. Por desgracia, ha alimentado una ideología, el cientificismo (a grandes rasgos, una mezcla de positivismo lógico y materialismo filosófico), que cree apropiado pronunciarse sobre cuestiones que no le conciernen, como la experiencia visionaria. Puesto que estas cuestiones no se adecuan a los esquemas de cosas, el cientificismo las condena con todo el celo de un cristiano converso. En el mejor de los casos, adopta una postura de superioridad, como si perteneciera a un terreno moral más elevado, y recurre a la psicología (con lo cual quiere decir “dentro de la mente”) o, sí, a “tensiones psicosociales”. Ni en sueños daría crédito al testimonio de personas corrientes. Forma parte intrínseca del cristianismo “oficial” y del cientificismo proyectarse como superiores (el cristianismo y el cientificismo verdaderos sufren la duda y la humildad).

Para entender las apariciones tenemos que cultivar una visión del mundo distinta de la que se basa el cristianismo, la ciencia y sus legados ideológicos. Como ya hemos visto en Jung, que sostenía tal visión, una parte considerable de ello implica dar la vuelta a presuposiciones, reexaminar la “realidad” y reinstaurar la importancia de los sueños, los contenidos inconscientes y las imágenes del alma. Afortunadamente, no es algo tan difícil como sugiere la complicada y a menudo ampulosa psicología de Jung. Y es que la misma visión existía en todas partes en la era precristiana, y existe todavía en las culturas no monoteístas. Incluso existe, contra todo pronóstico, extraoficialmente –instintivamente- entre grupos e individuos de un precedente de su visión, de un contexto histórico para las pruebas que ven con sus propios ojos.”

(1) Por "seres feéricos" el autor entiende todo tipo de entidades elementales como elfos, gnomos, duendes, hadas, etc.

Texto tomado de "Realidad Daimónica - Patrick Harpur"

lunes, 22 de septiembre de 2014

SUEÑOS - PATRICK HARPUR


Hay que subrayar que, aunque los sueños son experiencias internas, no son subjetivos. Es decir, que no son nuestras mentes conscientes quienes los crean. No nos pertenecen, sino que son algo que nos sucede. Los antiguos griegos hacían bien en nunca decir que no habían tenido un sueño, sino que habían visto un sueño. También hacían una distinción fundamental entre los sueños significativos y los que no lo son. Los sueños ordinarios, cuyo contenido remite a acontecimientos de nuestras vidas, eran producto del inconsciente personal. Pero también están los sueños arquetípicos, que derivan del inconsciente colectivo, llamados “significativos” por los griegos y “grandes sueños” por las sociedades tribales.  El ambiente de éstos es bastante distinto al de los sueños ordinarios. Se distinguen por su intensidad y su claridad y, por encima de todo, por su sentido de la realidad. Se perciben como sagrados y, en ocasiones, proféticos. Un ejemplo típico, citado por Jung, es el de una mujer que soñó que bajaba por los Campos Elíseos en autobús. Sonó la alarma antiaérea y todos los pasajeros se bajaron y desaparecieron en las casas de los alrededores. La mujer, que fue la última en dejar el vehículo, intentó meterse en una casa, pero las puertas estaban cerradas. La calle estaba absolutamente vacía. Se apoyó en una pared y alzó la vista al cielo. En lugar de las esperadas bombas vio “una especie de platillo volante, una esfera metálica con forma de gota. Iba volando bastante despacio de norte a este, y [ella] tuvo la impresión de que la estaban observando”. En medio del silencio, oyó los tacones de una mujer que bajaba caminando por la calle vacía. “El ambiente era de lo más raro.”

Vemos aquí la transición del inconsciente personal, por decirlo así, al colectivo: la mujer está viajando con bastante normalidad cuando suena la “alarma antiaérea”. La dejan sola frente a la dramática aunque habitual situación de un ataque enemigo. Pero en lugar de eso aparece algo completamente externo a este mundo, una epifanía, acompañada del aura de rareza que rodea a los avistamientos de ovnis.

Un mes más tarde, la mujer tuvo otro sueño:

“Estaba caminando de noche por las calles de una ciudad. Unas “máquinas” interplanetarias aparecieron en el cielo y todo el mundo huyó. Las “máquinas” parecían grandes puros de acero. Yo no hui. Fui detectada por una de las “máquinas”, que vino directa hacia mí en ángulo oblicuo. Yo pienso: el profesor Jung dice que no hay que escapar, así me quedo ahí quieta y miro la máquina. Vista de cerca y por delante era como un ojo circular, medio azul y medio blanco”.

Aquí, el sentido de la epifanía –de un dios o de Dios mismo manifestándose- se intensifica. El ojo único es como el alma con varios ojos que todo lo ven mencionada por Cesáreo. Pero, aunque puede que el consejo de Jung a su paciente sea sensato, hay que tener en cuenta que el contacto directo con poderes espirituales es equívoco –tan peligroso como beneficioso-, tal y como muestra la segunda parte de este mismo sueño. La mujer se encuentra en una habitación de hospital. “Entran mis dos jefes, muy preocupados, y le preguntan a mi hermana cómo estoy. Ella contesta que la sola visión de la máquina me ha quemado todo el rostro. Solo entonces me doy cuenta de que están hablando de mí, y de que tengo toda la cabeza vendada, aunque no puedo verla.”

Los testigos de ovnis relatan que se les quema la cara, les salen erupciones, irritaciones en la piel, conjuntivitis… Atribuyen estos síntomas a la “radiación”. Pero lo que vemos es que no todas las radiaciones tienen que ser literales. Las abrasadoras imágenes arquetípicas dejan su marca en un sentido psíquico y simbólico, además de en un sentido físico y literal. Moisés tuvo que cubrirse el rostro después de ver la zarza ardiente, no porque ardiera por radiación, sino por que irradiaba por la gloria del Señor, no podía ser mirada.

Así, los ovnis pueden aparecer en sueños con una lucidez muy vívida, e incluso más que eso. Pero, a la inversa, las visiones de ovnis en vigilia suelen estar rodeadas por un ambiente extraño y onírico, la misma calma y rareza que se presentan en sueños. Muchos testigos relatan que al ver ovnis, parece como si el tiempo se detuviera y a veces aparece un silencio extraño. Los testigos describen una sensación de aislamiento y ensimismamiento, como si (igual que en el ejemplo del sueño) todo lo demás se hubiera desvanecido de repente; una sensación de unidad con el objeto percibido en que la aprensión o temor iniciales pueden ser reemplazados por una sensación de tranquilidad apagada.

Otra rareza se describe, como despertarse en medio de la noche y tener una urgencia por asomarse por una ventana. Al observar por la ventana, se ve el ovni. A menudo cuando esto sucede, el testigo olvida lo que ha visto. Muchas personas lo recuerdan, porque escribieron el suceso cuando ocurrió. Similarmente, como cuando, se olvidan “grandes sueños” hasta que un leve recordatorio los trae de nuevo a la memoria. También sucede con las personas que ven ovnis en estado de vigilia, que los recuerdan cuando leen un informe de otra persona. 

Los sueños son reales, si bien es un orden de realidad diferente del que nos complacemos en considerar normal. No se deben subestimar los sueños.

Tanto Jung como Freud, consideraron los sueños la via regia al inconsciente y, por tanto, al autoconocimiento. La paradoja del inconsciente es, que solo es inconsciente desde el punto de vista la conciencia en vigilia ordinaria. Cuando ésta duerme o se encuentra en suspenso, el “inconsciente” revea una asombrosa consciencia propia que a menudo ve y sabe más que nosotros. Sueño y vigilia no tienen por qué ser tratados como contrarios. Uno puede invadir al otro. Se pueden considerar los sueños como visiones del durmiente, y las visiones como sueños en vigilia. Los primeros tienen lugar interiormente y los segundos, exteriormente. Pero son de la misma especie.

La condición visionaria es muy frágil. Una vez se ha roto el encantamiento por la llamada al orden y al sentido común, se evapora y el gran secreto queda olvidado.

Los espíritus feéricos tienen correspondencia con los alienígenas actuales.

Texto tomado de "Realidad Daimónica - Patrick Harpur"

EL ALMA - PATRICK HARPUR


En las épocas antiguas la psique o alma se imaginaba de numerosas maneras: como un cuerpo volátil y etéreo, como un homúnculo (una persona pequeña o un niño), como un pájaro (en las tradiciones celtas e islámica) y como una esfera brillante y ardiente. Algunas visiones describen que el alma tiene forma esférica o de vasija, con ojos que lo ven y saben todo. Esta aura de omnisciencia es una marca distintiva de muchos encuentros con ovnis. También se ha descrito como “una sustancia espiritual, de naturaleza esférica, como el globo de la luna” (la luna es en sí misma un símbolo tradicional del alma). Cesáreo de Heisterbach lo resume con una distinción interesante: a los ojos mortales el alma aparenta tener una forma corpórea, pero para aquellos que están liberados de la carne el alma aparece como una esfera luminosa.

Se ha descrito también como una figura luminosa, redonda y ovalada y siempre orbitando entre dioses y estrellas y a veces con más dimensiones de las que podemos ver y comprender. 

Una forma de considerar las apariciones luminosas es como imágenes del alma proyectadas por el alma misma. Jung también se fijó en la frecuencia con que aparecían muchas de esas apariciones, representando una desintegración y fragmentación de la psique. Pueden verse como “almas parciales” que llegan a aparecer en circunstancias bastante corrientes. Una paciente soñó con varias figuras luminosas que colgaban de las cortinas de su habitación. Jung lo interpretó como fragmentos escindidos de psique que buscan ser reintegrados en la personalidad con el fin de alcanzar o restablecer la completud psíquica. Es más, sabía que, mientras esos fragmentos permanezcan en un estado de proyección o “exteriorizados”, pueden causar todo tipo de fenómenos parapsicológicos. En efecto, cuando su paciente despertó oyó un fuerte estallido: la parte superior del vaso que tenía en la mesita de noche se había roto en forma circular perfecta y su borde estaba completamente liso.

Jung sostiene que la aparición de bolas grandes de luz a gran escala refleja una tensión que ya no se limita a la psique individual, sino a la colectiva. Hay una ruptura en el mundo psicológico, entre lo consciente y lo inconsciente, y también en el mundo político, entre Oriente y Occidente. En una época en que la humanidad estaba considerando los viajes al espacio y se preocupaba por la superpoblación y la bomba atómica, era natural que aparecieran “señales en los cielos” como ovnis con formas que reflejan nuestra propia fantasía.

Los ovnis son ambiguos. Por una parte simbolizan la desintegración de la unidad psíquica, llegando en gran número y con multitud de formas, no tan solo de disco o circular, sino enormes o minúsculas, lenticulares o cónicas, aladas o sin alas, con o sin alerones, etc. (a duras penas son idénticos dos avistamientos, lo que juega en contra de la hipótesis de las naves espaciales). Por otra parte, simbolizan el potencial de reintegración –la completud, el sí mismo- apareciendo también por separado y con formas como los mandalas. No tienen un propósito, declararía Jung, como tampoco lo tienen los mitos. Son fenómenos naturales producidos por la necesidad de un equilibrio psíquico; y a nosotros nos toca reflexionar sobre ellos, mientras ellos nos reflejan a nosotros, con la esperanza de cicatrizar cualquier fisura psíquica que nos hostigue.

Aunque algunos ovnis parezcan objetos sólidos y así aparezcas en pantallas de radares, no altera lo dicho en modo alguno. Y es que “… o las proyecciones físicas envían un eco al radar, o bien la aparición de objetos reales proporciona la posibilidad de proyecciones mitológicas.” Las proyecciones del inconsciente colectivo pueden tener una apariencia física; o bien, aunque los ovnis pueden ser físicos, no son necesariamente extraterrestres. Proyectamos esta interpretación sobre ellos por una necesidad inconsciente de un mito que encarne, digamos, el concepto de intervención celeste mediante poderes sobrenaturales.

El inconsciente colectivo es objetivo. Los ovnis o las apariciones de luces son siempre objetivos, pero derivan del reino interno de la psique. Pueden aparecer a la vista como proyecciones, pero para ser consecuentes, también deben aparecer internamente, como fantasías, y sobre todo como sueños.

Texto tomado de "Realidad Daimónica - Patrick Harpur"

EL INCONSCIENTE COLECTIVO - PATRICK HARPUR


A parte de nuestra vida consciente (que, erróneamente se considera como nuestro yo), hay una vida inconsciente que en general se ignora. El inconsciente es el depositario de nuestra experiencia pasada, parte de la cual se puede recordar conscientemente a voluntad (memoria); pero con otras partes no ocurre así, puesto que están reprimidas. No obstante, un contenido reprimido no desaparece sin más, sino que continúa ejerciendo una influencia soterrada en nuestras vidas, reapareciendo de forma indirecta como neurosis. A grandes rasgos, la tarea del psicoanálisis es alentar al paciente para que saque a la luz esta experiencia olvidada o reprimida –a menudo en la infancia-, para así deshacer el nudo psicológico que está provocando la neurosis y sus poco deseables síntomas.

Pero, a diferencia de Freud, Jung trataba con pacientes que sufrían perturbaciones más serias, psicosis más que neurosis, y en sus delirios y fantasías percibió gran cantidad de imágenes y motivos que no era posible explicar recurriendo a sus vidas personales. Por ejemplo, un paciente podía albergar ideas y creencias fantásticas que no hallaran ninguna analogía más que en algún esotérico mito gnóstico. Así que Jung se vio obligado a reconocer un nivel más profundo de la psique que contenía la experiencia pasada no solo de nuestras vidas personales, sino de toda la especie. Llamó a este nivel de la psique “el inconsciente colectivo”. Para distinguirlo del subconsciente de Freud (al que, a su vez, rebautizó como “inconsciente personal”).

Si Jung describía el inconsciente en términos de estratos o niveles, era solo una manera de hablar. El inconsciente en sí no puede describirse; solo puede representarse mediante metáforas. No se divide en niveles de forma nítida, por ejemplo. Más bien es océanico, cambiante, un hervidero en constante fluctuación. En efecto, el océano era la metáfora preferida de Jung, según la cual la conciencia es, por supuesto, tan solo una pequeña isla que emerge y está rodeada de la vasta fluidez del inconsciente.

El contenido del inconsciente es un mar de imágenes. Normalmente son visuales, pero no exclusivamente, ya que pueden ser abstracciones, modelos, ideas, inspiraciones e incluso humores. Las imágenes del inconsciente colectivo son representaciones de lo que Jung llamaba “arquetipos”. No era una idea nueva –se remonta a Platón, que postulaba un universo ideal de formas, del que todo lo que hay en este mundo sería una simple copia-, pero sí era nueva idea aplicada a la psicología. Los arquetipos son paradójicos. No pueden conocerse en sí mismos, pero pueden conocerse de manera indirecta a través de sus imágenes. Son impersonales por definición, pero se pueden manifestar personalmente. Por ejemplo, el arquetipo que se encuentra, por así decirlo, más cerca de la superficie se denomina sombra. A un nivel personal, encarna nuestro lado inferior, todos nuestros rasgos reprimidos. Podría aparecer en sueños y fantasías, por lo tanto, como un gemelo secreto o un conocido al que se desprecia o un hermanastro idiota. Al mismo tiempo, nuestras sombras personales están enraizadas en una sombra colectiva impersonal, el arquetipo del mal, como el que representa el Diablo cristiano.

Es más común encontrar una imagen arquetípica indirecta (es decir, en proyección) que directamente. Aquí se hace evidente lo acertado del término sombra. Y es que el arquetipo se salta totalmente la conciencia y proyecta una sombra sobre el mundo exterior. Entonces nos encontramos con lo que está dentro de nosotros como si estuviera fuera. Un objeto o una persona del mundo pueden recibir una proyección y cargarse de repente de un significado arquetípico. Cuando nos enamoramos locamente de alguien de quien sabemos muy poca cosa, lo más común es que hayamos caído presa de una “proyección del anima”, que recubre a la persona real y la imbuye de un significado casi sagrado. El anima (o, en una mujer, el animus) es el segundo arquetipo importante descubierto por Jung. Es el principio femenino en el hombre, la personificación inconsciente en sí. Como tal, son infinitas las imágenes con las que se representa: virgen, bruja, esposa, chica-del-montón, diosa, ninfa, lamia, etc.

El arquetipo que más nos concierne es el que Jung denominó sí-mismo, el objetivo de toda vida psíquica, de todo desarrollo personal, que él llamaba individuación. Este proceso constituye la tarea más importante de nuestras vidas, en el transcurso de las cuales se supone que debemos hacer conscientes, en la medida de lo posible, los contenidos de nuestro inconsciente, por ejemplo, dejando de proyectar en el mundo. El resultado es la expansión de la personalidad y, finalmente, un estado de completud que abraza incluso los aspectos más oscuros y contradictorios de nosotros mismos. El arquetipo del sí-mismo está prefigurado en la imagen del Anciano Sabio y se consuma en su matrimonio místico con el anima. Pero tales personificaciones no son las únicas imágenes del sí mismo. Éstas también se dan en formas abstractas, particularmente en patrones circulares, a menudo divididos en cuatro, que las religiones orientales interpretan desde hace mucho y a los que denominan mandalas. Estas imágenes pueden darse espontáneamente hacia el principio del proceso de individuación, o en una crisis en nuestra vida psíquica, como guía hacia –y como muestra de- el objetivo final. Jung creía que los “platillos volantes” eran como mandalas; en otras palabras, que los ovnis son proyecciones del inconsciente colectivo.

Texto tomado de "Realidad Daimónica - Patrick Harpur"